25/05/2018
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Luis Moreno Mansilla: Apuntes de viaje al interior del tiempo

porLuis Moreno Mansilla

Foto de portada:
Portada libro ‘Apuntes de viaje al interior del tiempo’

Publicación:
MORENO MANSILLA, Luis: Apuntes de viaje al interior del tiempo. Colección arquia / tesis nº 10. Fundación Arquia.

Alrededor de unas ruinas y unos paisajes italianos casi siempre inmutables, observando las notas, fotografías y apuntes que deja el rastro del viaje, la contigüidad de las imágenes intenta imaginar cómo las distintas formas en que algunos arquitectos representan lo que nos rodea son una declaración de intenciones sobre su posición ante la cultura, el observador y la naturaleza.

El siguiente artículo es un extracto del Prólogo de la publicación Apuntes de viaje al interior del tiempo, de Luis M. Mansilla de la colección arquia/tesis. La tesis doctoral, dirigida por Gabriel Ruiz-Cabrero, fue leída en 1998 en la ETSAM ante un tribunal formado por Rafael Moneo, Juan Navarro Baldeweg, Josep Quetglas, Antón Capitel y Enric Miralles, y obtuvo el Premio Extraordinario de la Universidad Politécnica de Madrid. Fue mención del Segundo Concurso de tesis de Arquitectura de la Fundación Caja de Arquitectos (Fundación Arquia). Esta publicación se encuentra descatalogada pero la puedes encontrar en bibliotecas especializadas. 

Comenzaré diciendo que este conjunto de textos es como un poliedro entre las manos. Un objeto para llevar en ese peculiar bolsillo que es el cerebro, para doblegar la fragilidad de la memoria. Para encadenar, como partículas, las observaciones y hacerlas impermeables al olvido. Una suerte de Ars Memoriae medieval, donde cada idea tiene un lugar; no para ordenarlas (que son cambiantes), sino para seguir dudando de si aquello que nos rodea es una cosa o una idea; para hacerla borrosa la distinción entre lo abstracto y lo concreto.

Su arqueología es bastante sencilla: hace más de una década que recorrí Italia como pensionado de la Academia de Bellas Artes en Roma. Durante aquellos paseos, que duraron casi dos años, las ruinas, los monumentos, el paisaje (la naturaleza) tenían algo sorprendente, como si sus perfiles oscilaran; las cosas no eran en sí mismas, sino que yacían expectantes, atentas a metamorfosearse con la presión de quien las veía. La mirada vacilaba entre la materia y su sonido, entre las palabras y su sentido. Nuestro mirar deformaba la materia. O la vida, despacio, iba tallando nuestros ojos. Y siempre había fantasmas. Porque al tratarse de ruinas seguían exactamente igual desde hace siglos; nada costaba imagina a Lewerentz o Soane dándose paseos obsesivos (a veces clandestinos) entre las calles de Pompeya, o a Kahn y Asplund mirando fijamente la Plaza de Siena. Imagino a Le Corbusier paseando por la Villa Adriana sin saber que, unos centímetros más abajo, las cariátides esperan revivir para poder ser dibujadas, años después, por Siza.

Porque a pesar de la diversidad de formación, de lo cambiante de los tiempos, distintas personas habían fijado su mirada sobre unos objetos casi permanentes, apenas mecidos por el viento de la historia. Y algunos de ellos habían dibujado o fotografiado las mismas cosas, habían escrito sobre los mismos caminos.

 

La idea, pues, era simple: acercar sus miradas, que es el mirar sobre la historia; acercar unos ojos muy distintos sobre unos objetos tenazmente presentes, que prestan sin generosidad su apariencia a la naturaleza. Disponerlos como una constelación, iluminados al mismo tiempo, y explorar, una vez más, sus anotaciones, viajar a sus dibujos no con el afán de explicar la historia, sino con la voluntad de aprender a ver más y de forma diferente, de no eludir la dilatación del a pupila.

Son necesarias, con todo, algunas precisiones, que limitan el alcance de las palabras: la primera, que escribir es, de alguna forma, mentir. (Ya decía Joyce que las peores poesías son las más sinceras.) Pero al mentir, el hombre imagina, y la palabra, al tratar de explicar, es capaz de dar una nueva forma a lo pensado. De algún modo, la realidad necesita a veces de la ficción para ser verosímil. En cierto modo, pues, estas notas son un viaje sentido, anunciado, aun mundo personal; en ellas se imagina algo que pertenece al dominio de lo desconocido, como son los instantes en que el calor de la observación dilata el mundo personal para acercarlo a lo común: no nos pro ponemos traicionarles, ya que sabemos que nuestros propios ojos han cambiado. Las cosas, como las ideas, sólo esperan que apartemos la vista para mudarse. No, no nos proponemos hacer historia; pensamos más bien en el tiempo como una superficie, como un volumen por tallar; escribir es explicarse a sí mismo.

Ello nos lleva, en segundo lugar, a la más importante cuestión: sin privilegios morales, la conciencia plana de la historia (y la arquitectura no es sino La vida que se finge naturaleza) describe un paisaje por el que merodea la arquitectura. Pensar la arquitectura es así un camino desnudo de ideología, un recorrer acontecimientos donde las fuentes se multiplican y, al mismo tiempo, se traban (como aguas superpuestas). Este triple movimiento, extensión de lo arquitectónico, igualitarismo potencial de lo que nos rodea y trabazón, secreta, entre las cosas, da forma a un entendimiento de la arquitectura que imaginamos próxima al ensayo.

Créditos

EDICIÓN
Fundación Arquia
Arcs, 1, 08002 Barcelona
www.arquia.es/fundacion

CONCEPTO Y DISEÑO
Folch

ISBN 978-84-617-5967-5

© de esta edición,
Fundación Arquia, 2017 © del texto e imágenes, su autor

La edición de esta publicación ha sido patrocinada por Arquia Banca.

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